Nacemos, crecemos, envejecemos y morimos, ese es nuestro determinante ciclo que nos limita en este mundo.
Puedo decir que soy afortunado al haber nacido en el seno de una familia, humilde, tolerante y luchadora. Como ya comente en un principio…, nací con un silencio que nunca pedí, eso hizo que mi vida antes de haber empezado mis andares por este mundo marcase alguna pequeña diferencia, la cual fui conllevando según pasaba el tiempo, lleno de etiquetas creadas por la crueldad infantil, que se iban presentando como unos simples obstáculos más por superar en la vida.
Recuerdo la infancia lleno de inquietudes, la visión de borrosos pasajes de distintas ciudades moviendose a través del cristal, sin apenas preguntar hacia donde ibamos porque tal vez me dejaba llevar. Acostumbrado a las caras nuevas, aprendiendo a identificar quienes me veian con buenos ojos y cuales como objeto de burlas, al que simplemente habia que responderles con un gesto desinteresado. Y pensar que te enseñaban distinguir lo bueno de lo malo cuando la inocencia queda interrumpida ante miradas indiscretas llenas de maleza, a partir de ese momento es cuando surje la conciencia propia de ver el mundo con una pespectiva personal.
La pubertad llegó con la compañia de una pequeña hermanita muy deseada, con el descubrimiento de cambios físicos, la experiencia presente a cada paso que daba con algo nuevo por ver, de ahí mi lema “hay que probar de todo porque vida solo hay una”, y yo evolucionaba como una esponja que absorvía cuanto me rodeaba con ganas de saber más y más.
En la adolescencia irrumpe la llegada del ámbito laboral, el deseo independiente, mudanzas, las garras de la enfermedad que aún luchamos contra Ella, la exaltación de un espíritu soñador y optimista que no se deja vencer, el fortalecimiento de la voluntad, aparece la tentación donde siempre hay lugar a los vicios, la formacion de un caracter seguro de si mismo, un incoformista en busca de sacar partido al momento, todo ello acompañando al gran descubrimiento de aunténticas personalidades y el valor indispensable de la confianza…
Ahora…no me preocupo del futuro, vivo del momento, de cada instante que saboreo tan intensamente por muy insignificante sea, lo valoro como si fuera lo último que fuese a hacer en esta vida, porque de esta forma me siento realmente vivo, me siento persona, me permite adaptarme ante las circunstancias que son las que mandan ante lo inevitable poniendo a prueba mi paciencia y determinacion, por ejemplo me hubiera gustado muchísimo haber celebrado mis 25 años este fin de semana con todos los mios, pero no he podido porque las “casualidades” han echo que sea ahora cuando operen a mi Madre por su bienestar y la verdad que no hay nada de mayor prioridad que su salud ante todo lo demás.
Ya tendré tiempo para mi celebración, para ser el protagonista una vez más, para pasarmelo genial, a lo grande y por supuesto, para compartirlo con este rinconcito y con vosotros.

…y con la Crisis llegó mi Segundo Cuarto de Siglo…